Nunca entendí bien a esas personas que decían que por favor, que se terminara de una vez el año, que empezase otro que les trajese más suerte. ¿Para qué?, me preguntaba. ¿Tan mal les fue? ¿Tanto sufren como para querer que pasen los días? ¡Días! ¡Tiempo! El mayor regalo para dejarlo escapar, cual arena en las manos de un niño.
Un año después de aquel 31 de diciembre de 2010, entendí esa frase. Hace un año, me vine directamente de Madrid para pasar la Nochevieja con mis padres. No me lo pidieron, yo ya vivía allí, y sabían que cualquier plan lo iba a tener en la capital. En Málaga, entre viajes y ausencias, sencillamente no había planes.
No importó. Cena, cita temprana con la cama, chapuzón al día siguiente en la playa y un año nuevo que empezaba. Dios, qué año. Mi hermano, en una conversación de hace unos minutos, me avisó de lo peligroso que puede ser esto de Internet en situaciones tan drásticas como las que he vivido. Lo que puede multiplicar la desazón, el agobio, el enfado, la incertidumbre. Lo expuesto que estoy por un Facebook, un comentario tonto en Twitter o hasta la firma de unas fotos en ACB.COM. Y eso que actualizo mi blog tan poco. Por eso, llega un punto en el que no sé qué puedo o no contar para no hacer más daño.
Pienso en 2011 y mil emociones se me vienen a la mente. Mil. Alegrías intensísimas, nervios, sufrimientos extremos, sentimiento de culpa, momentos para recordar. Discos que sonaron hasta el infinito, paseos por El Retiro, conciertos sentidos, viajes, que no falten, confesiones, instantes de soledad, de miedo. Ganas de chillar al mundo, por desahogo o euforia, momentos emocionantes, simbólicos. Todo cambió en mayo para volver a cambiar en julio. Todo cambió en 2011 para cambiar mi vida.
Fui valiente, por más que algunos pensaran que era un cobarde, aunque quizás la sinceridad absoluta habría hecho menos daño. Mala estrategia.
De Madrid a Málaga, de la estabilidad al remordimento, del piso compartido a la independecia. Y los que venían de mi mano se fueron. Con algunos duele, por haberles fallado. Con otros alivia, por sentir que solo fui un relleno en la lista de boda, un “novio de” o un amigo de paso. Y por sentirme juzgado. Jamás tuve derecho a réplica. Llegó gente nueva. Alguna para volver a desaparecer, decepciones tremendas, sí. Otras para aportarme mucho, especialmente en la recta final de esta etapa montañosa llamada 2011. A ellos gracias. A los que demostraron no haberse ido nunca, míticos en mi vida, que jamás vuelvan a irse.
Llegó una nueva etapa, durísima en muchos aspectos, con momentos maravillosos en otros, que me planteó dos cuestiones claras: ¿Vale la pena luchar? ¿Y mañana qué? La primera pregunta ya tiene respuesta. Descifrar la segunda, mi reto para 2012. La incertidumbre, mi mayor enemiga en estos últimos meses.
Se va el año en el que salí entrevistado en Gigantes, el de mi conferencia con Daimiel y Paco Torres, el de las felicitaciones por los artículos, sí. Pero se va con regusto amargo. Puedo y debo dar mucho más en mi trabajo, y lo haré cuando encuentre la estabilidad mental necesaria para poder escribir sin más tensión que la de la silla inclinada. Reto pendiente.
Más viajes, concretar proyectos personales que pueden a llegar a ser profesionales, mayor madurez, menos agobios, conservar a la gente que ha demostrado que yo le importo, hacer feliz a quién más me quiere y mandar al diablo las lágrimas, jamás un solo año vio tantas, objetivos 2012. Al garete las montañas rusas, los viajes semanales por el cielo y el infierno, las peleas, el martirizarme con el pasado, las dudas. A confiar en los cambios, en El Cambio más bien, en la revolución tranquila que dicen, causar un poquito menos de dolor, a tomármelo todo con un poquito más de alegría, de entusiasmo. Al fin y al cabo, ¿así era yo, no?
Feliz año, amigos.