Llegó el día. Mochila a la espalda, paciencia infinita, deseo anestesiado. Un buen puñado de horas en el horizonte como penitencia adelantada de los pecados en la ciudad prohibida, precio a pagar para besar el paraíso. De su mano, cómo no. Pasaporte en la boca, planes en un bolsillo, improvisación en el otro. Escala eterna e ineludible, stage forzado de pretemporada.
Costa Este y Canadá, las más bellas damas de honor de una novia que no viste de blanco. Bohemia, incomprensible, hipnotizadora. Sueño de la niñez, marco perenne de las historias que me atrapaban por la pequeña pantalla. Las promesas, de mi boca, siempre tienen letra pequeña pero esta, Gonzalo, te dije que la cumpliría. Central Park y tú podéis contar con nosotros mañana.
Manhattan es ese amor imposible que ansías en el colegio, con la certeza del no tan rotunda que un repentino sí, una improvisada cita, te rompe todos los esquemas. Bendito caos en mi cabeza. Tantas ilusiones concentradas en una sola ciudad, tantos proyectos apilados sin el más mínimo orden, que no sé por dónde empezar. Mejor cierro los ojos, y deseo con fuerza que el salto del charco, el control de pasaportes, la ruleta rusa de la cinta de las maletas y cualquier otro trámite necesario para entrar en el edén más infernal, vuelen más rápido que el propio avión. Nueva York, allá vamos.
Ni lo suficientemente ido para dejarme llevar ni lo suficientemente sobrio para contenerme, quédome enmusecido y sin voz, callado y ronco. Independance Club. 2 de mayo ya, con los disparos de 1808 pintados por Goya aún retumbando, como las notas de Matt Bellamy en mi cabeza. Noche Muse. Noche temática, dos invitaciones, copa gratis. Noche madrileña, ni cálida ni fría, simplemente madrileña.
Ocho horas de trabajo en el Día de los Trabajadores con mil fotos, mil letras, mil escalones que subir. Malas noticias desde Málaga, más motivo para desconectar. Ducha rápida, disfraz nocturno, nueve paradas de metro y un par de porteros sorprendentemente amables. Y Muse, mucho Muse. Tres horas de recuerdos, de guiños al pasado, de mirar al futuro.
Billete de ida y vuelta a mis 16 años, allá cuando David me traía de Irlanda el mejor regalo que nadie me trajo de un viaje, un viejo CD pirata del Origin of Symmetry, que tan raro y especial me parecía en aquellos días. El concierto de Granada, con Antonio, el de Santiago de Compostela, con Ellla, aquel reciente de Madrid, siempre de su mano. Del “Loneliness be over, when will this loneliness be over” al “This ship is taking me far away, far away from the memories of the people who care if I live or die”, puro flashforward autobibliográfico de mi propia existencia.
Sus abrazos, sus besos, su sonrisa cómplice cuando me ve ilusionado como a un niño, como el niño que quiere jugar para olvidar y correr para escapar. Los minutos sentados, con aroma a Puff malacitano (descanse en paz este local), con menos humo, eso sí, y las conversaciones más lúcidas del día. “¿Y si hice bien?” “¿Y si me equivoqué?” ¿Qué falló, cómo llegué a este punto?”. Y la tranquilidad de que ella conoce cada una de las respuestas, y el alivio de saber que me comprende.
“Esta noche escribo en el blog”, le dije. Ni yo mismo le creí. “Escribe, Dani, escribe cuando llegues”. Y recordé las palabras, bendita locura que me saca una sonrisa, de aquel que dijo alguna vez que le gusta este blog, de aquel que acepta que comparta con él mis miserias e ilusiones. Y acepto el reto. Se enciende el portátil, aporreo el teclado con la esperanza de reflejar en unas líneas la riada de sentimientos que hacen cola dentro de mí y, con los ojos entreabiertos, cierro una noche negra a la que añadí color con mi mente en aquel pub y mis oídos sordos por tocar el paraíso. Enmusecido, una vez más.
“Le jour du quatorze-Juillet, je reste dans mon lit douillet, la musique qui marche au pas… cela ne me regarde pas”, cantaba George Brassens, versionado años más tarde por Paco Ibáñez y su “Mala reputación”: “Cuando la fiesta nacional, yo me quedo en la cama igual, que la música militar, nunca me supo levantar”. No, hoy no es el día de la Hispanidad y de su escaparate militeradoire en lúgubre procesión. Ni siquiera creo que resista mucho en la cama con el mal hábito de sueño que he adquirido, aunque siento esa letra como mía también en estas fechas.
Vivo en una ciudad con gran tradición de Semana Santa. Miles de turistas hacen cientos de kilómetros para ver lo que yo podría mirar desde mi balcón en Málaga. Y no lo hago. Nunca, las procesiones no me engancharon de pequeñito y tampoco lo hacen ahora. Mis padres me llevaron en mi infancia a algún paso procesional y yo, como si oyese llover. Miento, la lluvia me entretenía más. Entiendo la fe del devoto, la belleza de los tronos, la solemnidad del acto en sí y hasta la sorpresa de los que llegan de fuera y la descubren por primera vez en una ciudad donde se viva tan intensamente. Sin embargo, no me atrae lo mínimo. Nada. Cero.
Un creyente sin Semana Santa debe ser algo así como un vegetariano sin lechuga, imagino, y acepto mi incoherencia, pero jamás entendí de vírgenes, santos, patrones o marineros. Mis recuerdos en un cuarto de siglo de semanas santas son, sin orden cronológico y a modo de flashbacks, una curiosa racha de citas cada Jueves Santo (que he prolongado con Diana 6 años más y los siglos que nos queden), una estúpida procesión de los legionarios que me dejó, la primera vez que le compré un ramo de rosas a una chica, atrapado entre la multitud y me hizo tardar mil horas en llegar a casa (con una cara rojísima por el apuro), viajes a París, Marrakesh, Barcelona, Benidorm -sí, tierna infancia- varios a Madrid (incluido “El Viaje”) o los primeros chapuzones de la temporada playera en Pedregalejo. Cierro los ojos e imploro por algún recuerdo semana-santero puro y nada, que no lo hay.
Mi único contacto con la realidad en la calle que mueve a una ciudad entera es mirar, cada prudencial tiempo, algún horario de procesiones e itinerarios, más que nada para saber si nos pueden quitar el coche la grúa o si podré llegar a casa andando con la muchedumbre. Vivo a metros de la Trinidad, el tal “Cautivo” se pasea desafiante bajo mi casa, con más flores juntas que las que jamás vi en mi ciudad, huérfana de zonas verdes y yo, por unos instantes, hasta me alegro un poco si el trabajo me absorde y me evade de una realidad en la que abrir la ventana es meter saetas y música de bandas en tu salón y encender la radio es entrar en un pseudo-carrusel religioso (sigo sin pillar lo de las retransmisiones, lo juro) de medio en medio.
Dicho con todo el respeto, que intuyo que más de la mitad de amistades y conocidos -al menos por mi tierra- no se sentirán identificados con ninguna de estas palabras. Al menos se me ha pasado la época de creerme especial o una oveja fuera del rebaño por algo tan simple como no interesarme por algo en concreto. No. Lo asumo como algo normal, como al que no le gusta el jamón, no entiende de cine o no sabe quién es Messi. Sólo expongo mi experiencia personal, no trato de sentar cátedra con unas palabras tan personales. La racionalidad, para otras cosas, porque también habrá gente que me pueda cuestionar qué diablos me ha enganchado de un deporte donde un puñado de gigantes se pelean por meter una pelotita en un cesto. Y es parte de mi vida.
Pasan las dos de la mañana, vaya momento del día el usado, para arañarle minutos al tiempo y tener un respiro que me permitiese entrar en mi refugio de ideas. En unas 30 horas estaremos camino de Madrid. Unas cien después por Milán y, dentro de 9 días, otra vez por Málaga, una vez hayamos pasado por Berlín y Oslo. Decidme que santo vuela tan rápido. San Ryanair. Que sí, que me quedo en la cama igual, no es nada personal, Semana Santa… pero de sueño muero. Suenen los tambores y las trompetas tan alto como quieran. No me enfado, lo prometo. Mas permítanme que prefiera hacerle compañía a Brassens…
Me negaba a volver a mi refugio de sueños sin reencontrarme con los mensajes de antaño. Anclados en el limbo, esos mensajes que escribí desde diciembre desde 2003 no forman parte de mi pasado… forman parte de mí. Mas con la esperanza de poder recuperarlos algún día, si la tecnología me lanza un guiño, prefiero no posponer más mi regreso.
Ey, querido blog, no estés celoso. Lo sé, te he mentido. Todos los hombres somos iguales, ya. Te prometí que nada iba a cambiar con el nuevo trabajo, que te sería fiel y no te abandonaría. Y te engañé. La inspiración se me evaporó en cada artículo. El baloncesto me atrapa, sí. Mi trabajo también, para qué engañarte. Pero sois compatibles. Porque si el basket es mi alimento tú eres mi bebida, mi vaso de agua bien fría que me refresca, que me hace saborear más el resto del plato o me calma la sed de palabras.
Tú, que hoy vistes de gris, sin adornos, sin un mísero retoque visual que te haga diferente al resto, has sido mi mejor confesor. Mi ventana al mundo. Los gritos de auxilio desde mi portátil, las lágrimas al vacío, las sonrisas más cómplices. Ya lo sabes, ya te lo dije una vez. La inspiración brota en los días grises y para mí, por fortuna, mis últimos seis años han sido de color de rosa. Vaga excusa la de una sonrisa para justificar un plantón.
Vuelvo y lo hago con la incertidumbre por un cielo con nubes que anuncian cambios, cargados siempre de ilusión. Suficiente consuelo para el inconstante adicto a no cerrar ningún frente, a terminarlo todo mañana. Sigo buscando, eterna mi lucha por abrazar un ideal, pero la vorágine de cambios me hace diferente. Mismos sueños, sí, idénticos temores. No obstante, te sorprenderías en lo demás. ¿Sabes que aquel que temblaba incluso al hablar por teléfono lo hace ahora incluso por la radio? Era una prueba para mí, algo personal, algo simbólico. Y no me arrepiento.
Ojo, mis pies siguen siendo de barro. Vulnerable a la melancolía, atrapado por sentimientos encontrados, como aquel que se resiste a olvidar a un viejo amor. Relativa es la amistad que vive en base al ayer y se alimenta con la ilusión del mañana. Aunque llorar por las circunstancias con Ella es como extrañar el fuego con una cerilla en la mano. Y me seguiré quemando cada 7 de abril.
Pasión desordenada
musa de mis latidos,
avanzar sin dar zancadas
es escribir sin sentido.
Aporreo las teclas con el ansia del que necesita avanzar, dar un paso más, o mil, para seguir creciendo con palabras. Hoy sin música, sin nada concreto que decir o que anunciar, pero con la certeza de que esta es la primera cita de muchas más. Nos necesitamos, blog. Sigamos soñando juntos.
Suenan las primeras notas de “Impossible Germany” (Wilco). Pero no por el ipod, ni por el ordenador. Ni siquiera por la tele. Por el móvil. Una tarde aburrida, un programita para cortar audios y una conexión con el PC pasar ponerla como tono para cada vez que mandan un mensajes. Ponerle banda sonora a los sms de Movistar era arriesgado, pero no me cansaré de escuchar ese principio. Y más cuando el remitente no es una multinacional sino un amigo como Gonzalo.
“Allí estaré”. Me valen esas dos palabras, me convence ese guiño. Sé que allí estará. Y nosotros también. Él, una de las personas más valientes que conozco, seguramente la principal influencia que he tenido en estos años, el espejo en el que me gustaría mirarme como escritor, parte a Nueva York. Y yo, y nosotros más bien, iremos a verle. Porque ese viaje a lo desconocido nos unirá más y porque siempre he tenido la certeza de estar muy cerca suya y lo seguiré teniendo, esté en Barakaldo, Madrid o en la Quinta Avenida.
Porque él creyó en mí cuando ni yo mismo lo hacía, porque sin él estoy seguro que estaría trabajando en otra cosa completamente diferente (y peor), porque él es la única persona que me ha hecho llorar leyendo algo de baloncesto, porque él me ha ayudado a amar este deporte tanto o más que los Ansley o Gasol y porque, sencillamente, es mi amigo.
Como bien dices, es un hasta luego. Nos vemos en la Gran Manzana, mister G.
Hace unos meses, me di cuenta casi sin tiempo de reacción de que ese día se cumplían 25 años de la plata de España en los Juegos Olímpicos de 1984. Tocaba artículo por la dichosa efeméride para ACB.COM. Con tanta prisa, no me gustó nada, no tenía alma, por muchas emociones que intentase evocar el texto. Que si bodas de plata por aquí, que si un cuarto de siglo por allá. Pero la fecha mandaba.
Es la magia del número. Una magia que hoy no siento, pese a cumplir yo los 25 años. Sin embargo, el día en sí es bello y las emociones van mucho más allá de la anécdota del cumpleaños. 10 de noviembre. Siempre eclipsado por la caída del Muro de Berlín del día 9, tal vez el acontecimiento histórico que más me marcó en mi niñez (no había trabajo en el colegio o en el instituto en el que no invocara al dichoso muro de la vergüenza), pero un número redondo, el de Maradona, el que todos los niños quieren coger en su equipo, el del examen perfecto. Y un año, 1984, que siempre tendrá aroma a Orwell, a realidad distópica, a un futuro que llegó hace rato.
Me dice un buen amigo, de los mejores que me quedan en Málaga, que desde hoy estoy más cerca de los 30 que de los 20. Y lo peor es que lleva razón. El paso del tiempo me asusta. Hace nada recuerdo a todos los medios de comunicación dando la brasa con lo del Efecto 2000 y ahora vamos a entrar en una nueva década. Los noventa suenan ya a clásico, algunos ídolos del deporte tienen menos año que yo, los niños me hablan de usted. Es tremendo.
Y no, mi sufrimiento no es por el paso del tiempo en mí. Va más lejos, es un punto de vista mucho más egoísta. Me choca pensar que en nada tendré yo la edad que tenía ella cuando me conoció (Ella, que parecía tenerlo tan claro todo, que me parecía tan madura, tan… ¡mayor!), me deja frío ver que ahora que yo ya no pago abono de estudiante, mi padre lo hace de jubilado. ¿Pero cómo voy a ver a mi madre como a una mujer de 58 si está como una rosa? Dios, si hasta mi hermano, aquel que jugaba a los cochecitos conmigo de pequeño, es ya todo un profesor treintañero de universidad.
Siempre cuento la misma anécdota pero es que es la que mejor reflejo mi miedo al paso de los años, a sumar una cifra más. Cuando tenía 17 años era un niñato redomado, un soñador iluso que creía saberlo todo y que se atrevía a escribir de tú a tú con los mayores. En esa época y en los años posteriores, cada texto, cada artículo que acababa siendo elogiado lo hacía con una coletilla final. “Y todo esto con su edad, con lo joven que es”. Ahora ya es como una obligación. Y así tiene que ser claro, mas cuesta acostumbrarse.
Llegan mis “bodas de plata” con la vida en un momento en el que no sé bien cómo definir. A veces me siento más feliz que nadie y sin derecho a quejarme por nada. Feliz con Diana, con mi familia, con los cuatro gatos que sé que me quieren, con el trabajo, Otros días, sin llegar a sentirme triste, me siento inmerso en un periodo de transición, muy consciente de todo lo que llega a partir del próximo verano pero con muchas dudas de cómo rellenar los días que quedan hasta entonces. Todo es como una sucesión de pequeños incentivos, de semanas repletas de ilusión como esta en Madrid, con la boda de mis amigos Silvia y Dani o el reencuentro con la niña Carol. A continuación, otros días más grises, rutina, pura rutina. Hasta que surge otro plan y otra cara qué ver que me alegra el mes entero.
De pequeño me preguntaba cómo sería a los 25, a los 40, a los 80. Creo que ni hoy sé ninguna de las tres, ya que tampoco sé cómo me veo a esta edad. Supongo que inmaduro, con mis fallos, con mis sueños y mis ambiciones, ahora incluso más que hace seis o siete años. Me apetecía escribir este artículo, aunque sea para animar un poco más mi blog (con suerte recuperaré todos los archivos que había escritos desde diciembre de hace ya seis años, que se dice pronto), para poder ver dentro de unos cuantos años con qué ánimos llegaba a esta edad y, de paso, para agradecer a todos los que se han acordado de mí en este día.
Años de redes sociales, muchos mensajes por ahí, otros por el móvil, algunas llamadas también. Odio el teléfono e incluso tampoco soy el mayor fan de este mundo virtual pero reconozco que me ha hecho mucha ilusión ver cada muestra de afecto. Yo soy el primero que se olvida de los cumpleaños, que cumple con un sms y tirando con la “obligación” de felicitar a alguien, que no le da especial valor a la fecha. Aunque si la fecha ha servido para cambiar la pena de hace dos años por el optimismo de hoy, bienvenida sea. Si la fecha sirvió en mi niñez para montar esos inmensos cumpleaños con tropecientos niños dejando mi casa hecha un caos, bienvenida sea. Si la fecha es una excusa para que personas para las que significo algo pierdan unos segundos para mandarme sus buenos deseos, bienvenida sea. Si algo he aprendido en este tiempo es que todo da muchas vueltas y las relaciones personales no iban a ser ninguna excepción. Sé quiénes están ahí, sé quienes van y vienen y seguirán viniendo y hasta sé quiénes se fueron tras regresar y ya no me apetece que vuelvan.
22:46. Me llaman para cenar y yo no tengo ni hambre. La comilona del cumpleaños pudo conmigo. Me siento lleno de vida, me siento lleno de todo. En Madrid, una ciudad que cada vez más marca mi vida y que me tiene atrapado, con unos días de vacaciones, con mil planes por delante, con una sonrisa en la cara. He cumplido 25, ¿y qué? Mañana también sonreiré.