Archivos – Noviembre, 2009

Es un hasta luego

Suenan las primeras notas de “Impossible Germany” (Wilco). Pero no por el ipod, ni por el ordenador. Ni siquiera por la tele. Por el móvil. Una tarde aburrida, un programita para cortar audios y una conexión con el PC pasar ponerla como tono para cada vez que mandan un mensajes. Ponerle banda sonora a los sms de Movistar era arriesgado, pero no me cansaré de escuchar ese principio. Y más cuando el remitente no es una multinacional sino un amigo como Gonzalo.

“Allí estaré”. Me valen esas dos palabras, me convence ese guiño. Sé que allí estará. Y nosotros también. Él, una de las personas más valientes que conozco, seguramente la principal influencia que he tenido en estos años, el espejo en el que me gustaría mirarme como escritor, parte a Nueva York. Y yo, y nosotros más bien, iremos a verle. Porque ese viaje a lo desconocido nos unirá más y porque siempre he tenido la certeza de estar muy cerca suya y lo seguiré teniendo, esté en Barakaldo, Madrid o en la Quinta Avenida.

Porque él creyó en mí cuando ni yo mismo lo hacía, porque sin él estoy seguro que estaría trabajando en otra cosa completamente diferente (y peor), porque él es la única persona que me ha hecho llorar leyendo algo de baloncesto, porque él me ha ayudado a amar este deporte tanto o más que los Ansley o Gasol y porque, sencillamente, es mi amigo.

Como bien dices, es un hasta luego. Nos vemos en la Gran Manzana, mister G.

Dejar un comentario 25 Noviembre 2009

He cumplido 25, ¿y qué?

Hace unos meses, me di cuenta casi sin tiempo de reacción de que ese día se cumplían 25 años de la plata de España en los Juegos Olímpicos de 1984. Tocaba artículo por la dichosa efeméride para ACB.COM. Con tanta prisa, no me gustó nada, no tenía alma, por muchas emociones que intentase evocar el texto. Que si bodas de plata por aquí, que si un cuarto de siglo por allá. Pero la fecha mandaba.

Es la magia del número. Una magia que hoy no siento, pese a cumplir yo los 25 años. Sin embargo, el día en sí es bello y las emociones van mucho más allá de la anécdota del cumpleaños. 10 de noviembre. Siempre eclipsado por la caída del Muro de Berlín del día 9, tal vez el acontecimiento histórico que más me marcó en mi niñez (no había trabajo en el colegio o en el instituto en el que no invocara al dichoso muro de la vergüenza), pero un número redondo, el de Maradona, el que todos los niños quieren coger en su equipo, el del examen perfecto. Y un año, 1984, que siempre tendrá aroma a Orwell, a realidad distópica, a un futuro que llegó hace rato.

Me dice un buen amigo, de los mejores que me quedan en Málaga, que desde hoy estoy más cerca de los 30 que de los 20. Y lo peor es que lleva razón. El paso del tiempo me asusta. Hace nada recuerdo a todos los medios de comunicación dando la brasa con lo del Efecto 2000 y ahora vamos a entrar en una nueva década. Los noventa suenan ya a clásico, algunos ídolos del deporte tienen menos año que yo, los niños me hablan de usted. Es tremendo.

Y no, mi sufrimiento no es por el paso del tiempo en mí. Va más lejos, es un punto de vista mucho más egoísta. Me choca pensar que en nada tendré yo la edad que tenía ella cuando me conoció (Ella, que parecía tenerlo tan claro todo, que me parecía tan madura, tan… ¡mayor!), me deja frío ver que ahora que yo ya no pago abono de estudiante, mi padre lo hace de jubilado. ¿Pero cómo voy a ver a mi madre como a una mujer de 58 si está como una rosa? Dios, si hasta mi hermano, aquel que jugaba a los cochecitos conmigo de pequeño, es ya todo un profesor treintañero de universidad.

Siempre cuento la misma anécdota pero es que es la que mejor reflejo mi miedo al paso de los años, a sumar una cifra más. Cuando tenía 17 años era un niñato redomado, un soñador iluso que creía saberlo todo y que se atrevía a escribir de tú a tú con los mayores. En esa época y en los años posteriores, cada texto, cada artículo que acababa siendo elogiado lo hacía con una coletilla final. “Y todo esto con su edad, con lo joven que es”. Ahora ya es como una obligación. Y así tiene que ser claro, mas cuesta acostumbrarse.

Llegan mis “bodas de plata” con la vida en un momento en el que no sé bien cómo definir. A veces me siento más feliz que nadie y sin derecho a quejarme por nada. Feliz con Diana, con mi familia, con los cuatro gatos que sé que me quieren, con el trabajo, Otros días, sin llegar a sentirme triste, me siento inmerso en un periodo de transición, muy consciente de todo lo que llega a partir del próximo verano pero con muchas dudas de cómo rellenar los días que quedan hasta entonces. Todo es como una sucesión de pequeños incentivos, de semanas repletas de ilusión como esta en Madrid, con la boda de mis amigos Silvia y Dani o el reencuentro con la niña Carol. A continuación, otros días más grises, rutina, pura rutina. Hasta que surge otro plan y otra cara qué ver que me alegra el mes entero.

De pequeño me preguntaba cómo sería a los 25, a los 40, a los 80. Creo que ni hoy sé ninguna de las tres, ya que tampoco sé cómo me veo a esta edad. Supongo que inmaduro, con mis fallos, con mis sueños y mis ambiciones, ahora incluso más que hace seis o siete años. Me apetecía escribir este artículo, aunque sea para animar un poco más mi blog (con suerte recuperaré todos los archivos que había escritos desde diciembre de hace ya seis años, que se dice pronto), para poder ver dentro de unos cuantos años con qué ánimos llegaba a esta edad y, de paso, para agradecer a todos los que se han acordado de mí en este día.

Años de redes sociales, muchos mensajes por ahí, otros por el móvil, algunas llamadas también. Odio el teléfono e incluso tampoco soy el mayor fan de este mundo virtual pero reconozco que me ha hecho mucha ilusión ver cada muestra de afecto. Yo soy el primero que se olvida de los cumpleaños, que cumple con un sms y tirando con la “obligación” de felicitar a alguien, que no le da especial valor a la fecha. Aunque si la fecha ha servido para cambiar la pena de hace dos años por el optimismo de hoy, bienvenida sea. Si la fecha sirvió en mi niñez para montar esos inmensos cumpleaños con tropecientos niños dejando mi casa hecha un caos, bienvenida sea. Si la fecha es una excusa para que personas para las que significo algo pierdan unos segundos para mandarme sus buenos deseos, bienvenida sea. Si algo he aprendido en este tiempo es que todo da muchas vueltas y las relaciones personales no iban a ser ninguna excepción. Sé quiénes están ahí, sé quienes van y vienen y seguirán viniendo y hasta sé quiénes se fueron tras regresar y ya no me apetece que vuelvan.

22:46. Me llaman para cenar y yo no tengo ni hambre. La comilona del cumpleaños pudo conmigo. Me siento lleno de vida, me siento lleno de todo. En Madrid, una ciudad que cada vez más marca mi vida y que me tiene atrapado, con unos días de vacaciones, con mil planes por delante, con una sonrisa en la cara. He cumplido 25, ¿y qué? Mañana también sonreiré.

2 comentarios 10 Noviembre 2009


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