“Me he vuelto nihilista y sueño con no soñar”. O quizás sí sueño con soñar. O mejor aún soñar con vivir sueños sin dejar de seguir soñando. ¿O era al revés?

Maldita la psicodelia que se transforma en lágrimas. Maldito universo paralelo ese de una felicidad tan cara que exige siempre letra pequeña. Malditos los de Dorian, por qué no, por hacerme sentir tanto de una forma tan gratuita e inesperada. Disfraz de canción abonada al “club del ni fú ni fá”, de esas que tocaron durante años a mi puerta sin que yo abriese… hasta acabar fundiéndome en ella bajo el cielo de Benidorm.

He cambiado de vida, de ciudad, de circunstancias y de contexto, pero no voy a cambiar el blog. Porque siempre fue mi refugio. Porque si dejo de buscar ese ideal no soy nada. Porque escribir me ayuda a secar mis lágrimas en los días malos y a sonreír más en los buenos.

“Un buen verso quizás sea el lado valiente de un cobarde”
, escribía Bunbury. Y yo, por más que me digan, soy un absoluto cobarde, el mayor que conozco. Un cobarde idealista, sí. Un cobarde incorfomista, también. Un cobarde con remordimientos, por supuesto. Pero un cobarde al fin y al cabo.

Hablo, hablo por los codos, pero escribiendo soy yo. Escribiendo, mejor o peor, a veces creo que puedo cambiar el mundo. Mi mundo, aunque solo sea eso. Convencer al que duda, conquistar al reticente, interesar al indiferente, derribar los problemas que construyo, dibujarme una sonrisa.

De pequeño me declaraba por cartas, de mayor mis letras hablan por mí. Hasta conseguí un trabajo en el que gritar a través de mis teclas, expresándome por una fría pantalla, ardiente cuando la miro.

¿Cómo renunciar a esta página? ¿Cómo renunciar a lo irrenunciable? Jamás aceptaré un contrato que impida el desahogo y solo la alegría es excusa para el olvido. Pero vuelvo, siempre vuelvo. Como he vuelto a Málaga, le dije hasta luego, como volveré a Madrid, le he dicho hasta luego, como volveré a cada sitio o persona de mi vida que me haya hecho feliz, por más que el orgullo de hoy crea capaz de tapar la nostalgia del ayer.

El soñador que no sueña es ese agua insípida que moja pero no quita la sed. Ni tras los meses más difíciles en años puedo renunciar a hacerlo. No para ser más feliz. No para ser más fuerte. Simplemente para ser. Simplemente ser.